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La sonrisa de la joven Nepali

Antes de la invasión del coronavirus, mi niño Vicente, me llevó a conocer una juguetería en un centro comercial, al que él, ya había ido con su maestra como parte de un proyecto escolar, y quien desde que volvió ese día a casa no paró  de hablar de la tienda y del centro comercial, aunque de este último,  él no recordaba el nombre. Comenzaba la semana y su objetivo era conseguir el nombre del centro comercial, la maestra se dirige a mi en un email, diciéndome que Vicente, le había cuestionado como quien interroga a un sospechoso. Ya imagino la seriedad de Vicente, que cuando trae algo entre ceja y ceja, simplemente va a por ello.

Finalmente le llevo al centro comercial,45 minutos y 18 semáforos desde casa.  Desde que traigo mi cabello corto suelo usar aretes largos, redondos tipo argollas, aplicando la regla de los que saben de imagen. Me sorprendí como Vicente, una vez puso un pie en el centro comercial, me llevó sin pérdida hasta la tienda. Tenía el mapa en su cabeza, no dio una vuelta de más, ni siquiera un paso y con promrsaa de yo me dejo cortar el cabello y haré la tarea a tiempo, consiguió obtener su juguete, el que  había avistado en su primera visita. Luego fuimos por algo de comer, y por supuesto, siempre la visita oficial a los sanitarios. Primero  con el niño, al salir, vimos par de tienda más, y luego yo, mi visita obligada. Por coincidencia, entré al mismo sanitario al que había ido antes con el niño, y la señora que asea el lugar, que dicho sea de paso hace un trabajo magnífico, vuelve a mirarme de la misma forma maravillada con la que me había observado la vez anterior que había ido a llevar a Vicente.

Cuando estoy lavándome las manos, la señora se acercó a mi y susurrándome: ‘Madam, same earrings like Nepal’.
‘Señora trae los mismos aretes como los usamos en Nepal’. Su sonrisa, genuina que le salía del alma compensó todo. No había Da Vinci, que la dibujara, pero para mi, pagaba el viaje hasta aquel alejado centro comercial de la ciudad. Sentí el impulso de dejarle mis argollas, pero me retracté al recordar que habían sido el obsequio de cumpleaños que recibí por parte de mis amigas aquí en Qatar, y para mí, las argollas también tienen un afecto especial.  La señora me vio alejarme de los sanitarios después de acompañarme a la salida, mantenía su sonrisa y el orgullo por su Nepal natal se reflejaba en sus ojos, como imagino también en esas pupilas pasaban sus recuerdos.

Desde aquel afortunado encuentro con la dama de Nepal, me han nacido más ganas de conocer aquel hermoso lugar. Que hoy en mi lista ocupa los primeros puestos de los sitios a los que quisiera viajar. Por ahora no podemos, pero durante este lockdown hago mi viaje al lugar a través de la internet y leyendo algunos blogs y páginas websites.

Espero volver a encontrarme a aquella señora, y si fuera posible, por que no, regalarle también unos aretes como los que se usan en ¡Nepal!

 Rocío Romero Navarrete 

@uncafeconserena

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